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lunes, abril 03, 2006

02:06 - El Juego (parte 1)

El individuo del que nos ocuparemos a continuación es Lázaro Fournier.

*****

Poco antes de que llegara el momento del que vamos a hablar, tú, Lázaro Fournier, 53 años, ingeniero, casado y
padre de dos hijos, estás volviendo a casa después de una agotadora jornada laboral. La noche y la lluvia pugnan por comerse la ciudad (gana la lluvia, pero por poco).

Odias conducir con lluvia. Odias conducir de noche. Odias pillar atasco cuando vuelves a casa.

La residencia de la familia Fournier se encuentra en una de esas ciudades dormitorio que se suelen encontrar en las afueras de las grandes ciudades. En línea recta, la distancia que te separaba del bonito chalet de 2 pisos, jardincito y cochera no es de más de 15 kilómetros. Te parece ver las luces del complejo residencial, aunque con el aguacero te es imposible saber si realmente lo has visto o si tu subconsciente te está jugando una mala pasada.

La salida que debes tomar estaba cerca, pasado el puente, a unos 50 metros. Sin embargo, calculas que si la cosa seguía así, tardarás una hora en llegar. Alguien debe haber tenido un accidente. Seguramente por la lluvia.

Sigues con la mente la canción que suena en la radio, tamborileando suavemente el volante. Luego miras otra vez hacia donde calculas que estaba tu urbanización, en un punto más o menos 30 grados a tu izquierda. Fuerzas un poco la vista. Sí, podías distinguir la línea de farolas de la calle principal. Tu casa debe estar... más o menos allí.

La frecuencia de las gotas de lluvia golpeando tu ventana aumenta de repente. Lo habrías atribuido a un golpe de viento, si no fuera por lo que ocurre a continuación.

Encima de tu urbanización, en el cielo, aparece un punto de luz. Debe ser muy brillante: puedes distinguirlo con claridad, a pesar de la lluvia que golpea, ahora agresivamente, el cristal de la ventanilla.

Tu casa no está en zona de tránsito aereo. Una de las razones que os habían dado para justificar el abusivo precio fue precisamente "la tranquilidad del entorno".

Cuando empiezas a enfadarse con los de su promotora por haberte engañado como a un chino notas un chasquido. Luego todo ocurre de repente.

Tu coche se para en seco.
La radio queda muda.
Y todo se vuelve noche. Es como si apagaran el mundo: los faros del coche, las farolas de la autopista, las luces de su urbanización, todas las luces dejan de brillar.

Todas menos una.

Sin focos o farolas que lo atenúen, el punto de luz ilumina la mitad de las nubes del firmamento. Un diamante entre algodones sucios. Percibes un leve murmullo.

Acto seguido un cegador destello provinente de la singularidad
graba los contornos de varias nubes en tus retinas. El leve murmullo que oías se convierte en un gran estruendo, y luego en un aullido ensordecedor.

Momentos después, un fuerte golpe de viento cargado de gotas de lluvia impacta con fuerza en el coche. Es violento: levanta unos centímetros las ruedas delanteras.

Y luego nada. La autovía queda silenciosa. La luz grisácea lo baña todo. Los amortiguadores se esfuerzan por estabilizar el coche, meciéndolo hacia arriba y abajo.

Te aferras fuertemente al volante. Tienes los ojos cerrados y te has llevado las manos a los oídos. Medio ciego, medio sordo, subiendo y bajando en su coche parado, profieres la primera palabra de este relato.


-Coño.


El instinto de supervivencia te hace moverte. Abres los ojos. Llevas tu mano derecha a la llave de contacto y la giras. El motor no responde. Giras un par de veces más, lentamente, como los padres de familia saben hacerlo. Quizá un poco de dulzura haga resucitar al motor.

No hay suerte. Agarras el volante otra vez. Se te empiezan a acostumbrar las retinas a la nueva iluminación. Miras a tu alrededor. ¿Qué hacen los demás conductores, Lázaro?

El resto de los coches de la autopista se muestran tan inertes y grises como el tuyo. El puente dibuja estiradas sombras que sobre el paisaje grisaceo. Observas al conductor de tu izquierda.

Un hombre mayor, de unos 65 años. Pelo canoso, tapado parcialmente por una de esas gorras que usa la gente de los pueblos. Sujeta el volante con las dos manos. Tiene la expresión ausente, y la vista al frente. Te parece raro que no se mueva, a pesar de que su coche se ha quedado sin motor, sin luces y sin baterías.

No se mueve en absoluto, Lázaro. Puedo ver en tus ojos el momento en que te das cuenta. Veo el miedo. Luego desvías la mirada un poco más abajo. Sé lo que estás mirando.

Estás mirando las gotas de lluvia que te separan del viejo. Las gotas que permanecen suspendidas en el aire, inmunes a la gravedad y a la inercia. Ahora veo el terror y la confusión en tu cara.

"Tengo que salir de aquí" piensas. Tratas de abrir la puerta del coche, pero ésta no cede. Lo intentas una y otra vez.

"Deja la puerta, hombre". Te sobresaltas. Te he asustado. Hehehe. "No se va a abrir".

Tienes los pelos de punta. Desde el retrovisor, mis ojos claros te devuelven la mirada.

Me encanta este momento.

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